Ruta Riaza, Ayllón y los Pueblos Amarillos, Rojos y Negros

Ruta Riaza, Ayllón y los Pueblos Amarillos, Rojos y Negros

Arrancamos en Segovia por la N-110 directos a Riaza, la antigua aldea medieval de herreros junto al río Aza y hoy próspero pueblo serrano que nos muestra el esplendor que vivió en el s. XVIII a través del porte señorial y los numerosos blasones de sus recias casonas, dispuestas en torno a su porticada Plaza Mayor y a lo largo de sus calles principales. La plaza es peculiar por su forma elíptica y por su suelo de tierra, utilizado como coso taurino durante sus fiestas; el Ayuntamiento la preside y a un lado se levanta la sobria Iglesia de la Virgen del Manto, con valioso retablo barroco en su interior y la bella imagen de la virgen titular. Si nos apasionan los árboles, tomamos la SG-111 y SG-112 que nos lleva en 20 min a Riofrío de Riaza para deleitarnos, sobre todo en otoño, con un breve pero mágico paseo por el Hayedo de la Pedrosa, un relicto de bosque de hayas, insólito por su latitud tan meridional.

 

Los pueblos de color

Volvemos a Riaza para iniciar nuestra ruta de los pueblos de color, dirigiéndonos por la SG-V-1111 hasta Alquité y a la salida de este pueblo cogemos el desvío hasta Martín Muñoz de Ayllón, cuyas casas están construidas a base de cuarcitas blancas y doradas, mezcladas con lajas de pizarra, dando a todo el caserío un tono amarillo armonioso. Sus canteras de pizarra abastecieron a la catedral de Segovia y al Palacio de La Granja. A las afueras, enmarcada por un sobrecogedor paisaje serrano, se halla su iglesia dedicada a San Martín de Tours.

Volvemos a Alquité, otro pueblo amarillo, para proseguir hasta Villacorta y dejarnos sorprender por el cambio de color del paisaje, ya la tierra va adquiriendo un tinte de un rojo intenso debido a sus materiales ferruginosos, que permitieron durante siglos la explotación de su hierro en pequeñas ferrerías. Las casas de Villacorta se visten al unísono, con arenas y piedras rojizas, en torno a la Iglesia de Santa Catalina; se respira un ambiente de gente tranquila y que mima su lugar.

Si queremos ver un pueblo negro, cogemos ahora, ya a la salida del pueblo, el desvío hasta Becerril, cuyo emplazamiento casi a pie de sierra, lo convierte en refugio de paz. Sus tenadas y casas tradicionales de muros de piedra negra y rojiza rematados por tejados de enormes lajas de pizarra ofrecen gran interés, aunque varias construcciones actuales rompen su armonía.

Volvemos al cruce y desde allí llegamos a Madriguera, pueblo rojizo conservado con gran primor y buen gusto, tanto en sus casas como en sus calles, que merece un buen paseo y quizás un reponer fuerzas en alguno de sus locales. Su iglesia del s. XVII está dedicada a San Pedro.

Para ver un pueblo negro en su totalidad nos acercamos desde aquí a El Muyo, hecho no sólo de pizarras tanto en muros como en tejados, sino que el caserío se asienta sobre una veta natural de dicha piedra; sólo su Iglesia dedicada a San Cornelio y San Cipriano destaca por sus tejas rojas y por la alta espadaña. El lugar desprende un aire tranquilo pero a la vez también misterioso.

Siguiendo por la misma carretera, pasaremos por El Negredo, otro pueblo rojo y ya en Santibañez de Ayllón, nos encontraremos con un pintoresco pueblo encaramado en una ladera y gozando del frescor del río Aguisejo, sus casas reúnen todos los colores.

 

Ayllón

Cogemos la SG-145 dirección Ayllón y, tras 14 km, llegamos a esta población medieval amurallada, de preciosa tonalidad rojiza; seguimos el muro del antiguo adarve hasta la Puerta del Arco, que nada más cruzarlo nos sorprende gratamente el bello Palacio gótico–isabelino de los Contreras, seguimos hasta la castellana Plaza Mayor, de soportales de madera, que reúne al Palacio de los Villena (actual Ayuntamiento) y la Iglesia de San Miguel, antigua sinagoga, de ábside y portada románica. Un recorrido por sus calles nos permite encontrarnos con el Palacio del Obispo Vellosillo del s. XVI, la Casa de la Torre, la Casa de las Doncellas, donde reposaba Eugenia de Montijo, la Casa del Águila, hasta que por las callejas subamos a lo alto del cerro y divisemos a nuestros pies el caserío apiñado, solo roto por torres y espadañas que van dando con calma las horas.

Su antiguo pasado de recinto bien fortificado se atestigua no sólo en su muralla sino también en los restos de origen árabe, llamados “Los Paredones”, emplazados en lo alto de la loma, así como por la Torre de la Martina, perteneciente a la desaparecida Iglesia de San Martín pero utilizada como torre defensiva.

Nos ponemos de nuevo en ruta para llegar en 3 km a Santa María de Riaza, pequeño barrio de Ayllón, situado sobre un cerro desde el que lucen las piedras de buena cantería de su Iglesia de la Natividad de Nuestra Señora, de románico tardío con robusta galería porticada y bella portada de cinco arquivoltas. En su interior nos sorprenden sus valiosos tesoros artísticos como una pila bautismal esculpida con arcos de herradura, posiblemente visigoda, una talla de una virgen del s. XIII y unas pinturas sobre tablas dentro del gótico lineal.

Si aún nos quedan fuerzas, podemos parar en Fresno de Cantespino, famosa por su alfarería artesanal del color rojizo intenso de la tierra y sus codornices a la fresnense; antaño fue cabeza de Villa y Tierra donde la reina Urraca se refugió, protegida por el conde de Candespina, contra los malos tratos de su esposo, el rey Alfonso el Batallador, hasta que las huestes de este rey derrotaron en este lugar al conde en 1110. La Villa cuenta con un crucero del s. XV.

Nos dirigimos a Prádena para sumergirnos plácidamente en el maravilloso acebal y sabinar, a la derecha de la carretera, o bien viajar a la prehistoria y al centro de la tierra a través de la espectacular Cueva de los Enebralejos.

 

 

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